382 The Coolture
Un hombre dividido
Tal vez sólo me apropio los gestos, las palabras,
los actos inherentes a la pequeña fracción de tiempo
asignada a mi persona.
José Emilio Pacheco
Entre dos tierras estás y no dejas aire que respirar, cantaban “los héroes del silencio”. Así me siento yo, entre las tierras del valle de Atemajac que un día nombraron como Guadalajara, cuyo significado en árabe es: “río que va sobre piedras”. Y por otro el Monte Rey del Nuevo Reino de León, Monterrey donde tengo ya 7 años de vivir, en esta ciudad de las montañas, flanqueada como por sus guerreros de roca y sol, la sierra madre, las mitras, la huasteca y en su centro el orgulloso cerro del Topo Chico. Ya saben, nunca me acostumbraré a estas montañas.
Tengo ya 7 años en Monterrey y no me pasa un día aquí en que algo me haga sentir lo extranjero que soy. Pero regreso a mi Guadalajara y por alguna extraña maldición, tampoco me siento ya pertenecer, como si fuera una madre que ha quitado el seno tibio de mi boca. Recorro sus calles sabiendo qué hay en cada esquina, conozco sus baches, sus semáforos largos y los cortos, las glorietas con sus centros y los monumentos que en ella se erigen. Los conozco todos y sin embargo, ¿Por qué mi mirada ya no es la misma? ¿Por qué mi sabor extraño en sus comidas, en sus bebidas, en su aire que llena mis pulmones pero ya no hasta el fondo?
Me pasa tanto que estoy allá queriendo estar aquí y estoy aquí queriendo volver allá. Reviso el calendario, veo mis fines de semana y trato de acomodarlos, de equilibrarlos, pero una extraña y sorda ansiedad me recorre el cuerpo y, esté en donde esté, quiero estar en el otro lado. Sé que mi destino final es Guadalajara o, más precisamente, la Laguna de Chapala. Sé que lo he planeado desde hace ya muchos años, mi casa en la ribera poco a poco va alzando sus muros, sé que el futuro avanza y lo que antes eran lustros son años ahora que serán meses antes de ser semanas y finalmente días. ¡Qué terrible sensación pensar que ese día llegue y me invada una infinita melancolía y aquella Ítaca no sea sino Comala, donde ya no hay vivos sino fantasmas, puros recuerdos áridos y yermos!
Recuerdo las dos ciudades de Charles Dickens, su París y su Londres y su frase inicial: “era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”. Mi corazón está dividido y no sé si se ha de completar en algún sitio alguna vez. Quizá la tierra que puse de por medio cobre una especie de venganza sobre mí. Quizá las ciudades tengan sentimientos y uno de ellas sea el rencor, quizá los árboles que las pueblan y las nubes que los techan nos vean y nos hagan suyos y luego nos olviden o nos escupan como huesos de ciruela. Kavafis decía que la ciudad irá en ti siempre y que en las mismas calles envejecerás, pero termina diciendo que la vida que ahí has perdido la has destruído en toda la tierra. Entonces yo la he roto ya, mi melancolía se cierne sobre todas las posibilidades infinitas de una vida futura. Soy un extranjero de todas las ciudades, no seré más un gentilicio, un parroquiano, un perteneciente.
Escultura de Victor Langheld, Irlanda
Tengo un cansancio que el sueño no repara. Trabajo, doy clases, doy terapia, tomo clases, juego al pádel, me canso, pero aún cuando no haga nada, estoy agotado. Mi cansancio no es de esta vida, no es de esta tierra. Las dos cosas a las que más dedico ánimo y tiempo -lo digo con absoluta seguridad- son las que menos importancia tienen para otros, para el mundo. Dirijo una casa de bolsa, soy profesor universitario, además de terapeuta sistémico, pero lo que realmente ocupa mis pensamientos son este escrito semanal que leen quizá un puñado de amigos y, si mi pluma se rompiera hoy, no la extrañaría nadie mañana. Pero pensar sobre qué escribir es algo que da felices vueltas en mi cabeza mientras me baño, mientras conduzco, mientras espero a que el sueño se apiade de mi vigilia.
La otra cosa que me apasiona es pensar en conocer nuevas cantinas y en revisitar a mis favoritas, cosa que hago todas las tardes de los jueves y muchas veces los miércoles también y los viernes en que hay que adelgazar la cruda. Invito a esto a unos 10 o 12 amigos, pero rara vez somos más de 4 ó 5 y algunas veces he hecho el recorrido yo solo. No necesito de cómplices para mi crimen, pero es algo que, como mis escritos, carecen de la menor importancia para el resto. Lo demás es “tiempo útil”, así, con todas las comillas que hay en el mundo.
Alguna vez leí que por más cerca que dos personas estuvieran entre sí, un infinito abismo las separa. Así me siento yo, separado por un espacio sideral de cualquier sentido de pertenencia. Y así me preparo esta noche, mientras hago la maleta por enésima vez para viajar mañana muy temprano. El taxi pasará por mí a las 4 am, será un día para resistir, donde tendré sueño, nostalgia y querré volver al lugar del que salí unas horas antes, pero de donde ya hoy me quiero ir, como la serpiente que muerde su cola, como el fénix levantando sus cenizas antes de incendiarse otra vez, como Sísifo subiendo la piedra a la cima de una montaña en el Hades, solo para que ésta caiga de nuevo.
Por más presente o futuro que construyamos, estamos hechos de infancia, es la patria a la que hemos de volver constantemente y esa infancia tiene lugares físicos inalienables. Yo recuerdo la Unidad Deportiva Revolución y sus canchas de tierra, sus altas paredes verdes donde jugaba al frontón todas las tardes, sus millones de lagartijas que perseguía hasta cogerlas y quedarme a veces solo con la cola separada ya del cuerpo moviéndose entre mis dedos. Recuerdo las tardes de fútbol sobre la calle, con sudaderas o ladrillos como porterías, recuerdo las canicas y su sonido característico al chocar, los patines de cuatro ruedas, las banquetas maltrechas y agrietadas, la señora que pasaba vendiendo flores y el anciano que empujaba un cochecito de paletas de hielo por la subida de la calle Pablo Neruda con una terrible joroba en su espalda. Todo esto es ahora apenas un pensamiento roído por el tiempo.
Emil Michel Cioran, ese extraordinario filósofo rumano de quien tendré valor para escribir alguna vez, dijo que de ser un imbécil en Bucarest a serlo en París, prefería lo segundo y se mudó y aprendió a escribir en francés, aunque decía que al principio era tan difícil como declarar tu amor en otro idioma. Pero lo hizo, y vaya que lo hizo bien. Marguerite Duras, aunque vivió y triunfó en el París más intelectual, nunca dejó de escuchar el río Mekong de su Indochina, por las noches un susurro la llevaba a él y entonces dormía. Joseph Roth, ese otro maestro de la melancolía, vivió sus años postreros en París, aunque escribía sobre Viena y el mundo que se le había desmoronado entre las manos y exclamó: ¿A dónde pertenece el que ha perdido la patria de su juventud?
Hay tantos escritores en el exilio que escribieron con tanto afán, con tanta emoción y amor por su tierra, que me da vergüenza reconocer que mi exilio es puramente existencial, que nadie me impide volver, que vuelvo a veces sin poder volver nunca del todo, que mi corazón se ha quedado en un tránsito perenne a cuyo andén los trenes ya no vuelven más.






No dejes de escribir.
no soy de aqui ni soy de alla....o como diria la gran Mercedes Sosa... todo cambia