356 The Coolture
Jim Carrey
Cuando pensamos en este actor canadiense, es común que se nos vengan a la memoria películas como “Dumb and Dumber”, “La máscara” o “Ace Ventura”, las que sin duda lo escalaron al podio de la fama internacional. Incluso “Irene, yo y mi otro yo”, “Sonic” o cualquiera de las otras comedias banales y perfectamente olvidables. Pero hay otro Carrey, u otros Carrey para ser más precisos. Me refiero al actor de piezas de cierto respeto como “Val” o “El número 23”, esta última con su buen número de detractores con quienes comparto opiniones, pero la edición del filme me parece muy buena. Y también hay algunas joyas irrefutables en su carrera, tan llena de altibajos como su ánimo mismo, películas de culto como “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos” o “The Truman Show”. Su carrera tiene más desniveles que el cañón del sumidero, cierto, pero hay una película, por sobre todas las demás, que generó un quiebre en su mente, en su cordura, en su vida y de eso quiero escribir hoy. Se trata de “El lunático” o “Man of the moon”, inspirada en la vida del comediante Andy Kaufman que, como todo buen comediante, tenía detrás una mente genial y un angustiante desequilibrio.
La vida de Kaufman daría para un texto aparte, uno completo y con una pluma mucho más afilada que la mía. El tipo era un genio o un absoluto demente. O las dos, hasta que murió de cáncer de pulmón a los 35 años dejando tras de sí una muy extraña forma de hacer comedia, una que se parecía muchas veces más a una burla o a un acto de violencia incluso que a una broma. Sería impensable verlo interactuar hoy con la generación woke y la absoluta corrección política con la que se manejan las cosas.
Pero volvamos a Jim Carrey. Su problema fue que se metió tanto al personaje de Andy Kaufman que hubo un momento en que ya no pudo salir de él. Kaufman se había encarnado de alguna extraña manera en Carrey. Su forma de pensar, de hablar, de bromear, eran una continuación de lo que en vida había hecho Andy. Su “personaje” duraba todo el día y no pudo salirse de eso. No salió de hecho durante más de 10 años y eso me pone la piel de gallina porque yo mismo he sentido cosas así. No sé si alguno de mis lectores imaginarios ha tenido alguna vez la sensación de que el estribillo de una canción no saldrá nunca de su cabeza, o de que incluso al hablar lo harán involuntariamente con el ritmo de la canción. No sé si algún lector se ha enrolado tanto alguna vez en algún diálogo que no puede hacer otra cosa sino repetirlo, aunque nunca haya sucedido. No sé si algún lector me entenderá, pero el riesgo de quedarse dando vueltas como polilla en el foco encendido de petróleo está ahí, al acecho. Como dijo el personaje “The jocker”, la locura es como la gravedad, sólo necesitas un pequeño empujón.
Esto que sucedió le giró la cabeza a Carrey. Se retiró del mundo del espectáculo y se dedicó a introspectar e intentar averiguar lo que había pasado. Un día de pronto lo vimos en una entrevista luego de mucho tiempo alejado de los reflectores, con una frondosa barba albina, con unos ojos más pequeños aún y negros como el ala de un cuervo, con unas arrugas firmes y profundas alrededor de sus cavidades oculares. Contó entonces lo que había sucedido, que Kaufman había tomado el control de su vida. Que no supo por años como dejar de ser el personaje que lo había sumergido en el pozo de su vida, que se había metido por dentro de su armazón de huesos y pellejos como en una de las escenas finales de matrix, cuando Neo destroza al agente Smith.
Muchos de los involucrados en la película “The man of the moon”, requirieron apoyo psicológico al terminar la filmación y algunos otros incluso durante el rodaje de la misma. Mucho de esto fue filmado cámara en mano y salió 15 años después en un especial de Netflix que les recomiendo ampliamente. ¿Por qué tardaron tanto tiempo en salir a la luz todas aquellas escenas de Carrey haciendo el papel de Kaufman durante el rodaje y antes y después de las grabaciones? Muy fácil: la productora no quería evidenciar que Jim Carrey había perdido la razón.
¿Cuál es ese hilo infinitamente delgado que sostiene la cordura de un hombre? No lo sé, pero la cornisa que termina en el abismo la tenemos todos, dos o tres veces en la vida, al alcance de la mano. Algunos se asoman a mirar y caen. Otros se quedan congelados de miedo, pero de este lado, del lado del suelo firme, del lado frío de la aparente cordura.
Llegó a ser tan buena la caracterización de Carrey, que la familia del difunto Kaufman fue a visitarlo en una ocasión y mantuvieron conversaciones como si él fuera el otro, como si estuvieran hablando con su hijo fallecido muchos años antes. Conversó también con la única hija que tuvo Andy. Al salir dijo: “Fue un diálogo entre un padre y su hija”. El director de la pelicula Milos Forman sostuvo acaloradas discusiones con el actor porque ya no podía dirigirse a él de otra manera que no fuera como Kaufman, como Andrew Geoffrey Kaufman, o simplemente no le respondía.
El personaje de Tony Clifton merece una mención aparte, ahí sacaba Kaufman toda su desagradable fuerza escénica, en él cobijaba sus bromas más pesadas, sus insultos a los asistentes, las faltas de respeto que desconcertaban tanto a todos que nunca sabían el momento de empezar o no a reír. Jim Carrey ganó el globo de oro con la mejor actuación del año, muchos dicen que de la historia. Pero eso no fue una actuación, fue una posesión, fue esquizofrenia, fue un usufructo corporal.
¿Si puedo dejar a Jim Carrey durante 4 meses o durante 10 años, quien diablos es entonces Jim Carrey? Fue la pregunta que se hizo el actor al finalizar la película. Algo tan superficial o profundo como se quiera ver. Lo que sí les recomiendo es que si pensar en esto les genera angustia, un poco al menos, no lo hagan, porque los diques mentales que contienen el agua de la locura son débiles, y se agrietan fácilmente.






Querido Benito, este texto inquieta en el mejor sentido.
No por Carrey ni por Kaufman, sino por esa línea finísima que señalas: cuando una voz empieza a hablar sola dentro de uno. Me quedo con la advertencia final —no todo pensamiento merece ser seguido—, que es casi un gesto de cuidado hacia el lector.
Gracias por escribir desde el borde sin empujar a nadie.
Soy un lector imaginario